Tardé una hora en darme cuenta de que estaba en el Moyano. Antes de eso, pensaba solo en la muela.
Huracán jugaba de local y yo estaba en la popular, con las manos metidas en los bolsillos de la campera. La muela empezó a doler en el entretiempo, primero como un tironeo, después como un pulso constante que parecía venir desde el oído hasta detrás de los ojos. Me tapé la mejilla con la mano y quedé así un rato, sin decirle nada a nadie.
Salí por el molinete y caminé. Mi vieja siempre decía lo mismo del Carrillo: que era bueno, que ahí la habían atendido bien una vez, que quedaba cerca. Lo decía como quien repite un dato de memoria, sin agregar nada.
Entré. Había una recepción vacía, dos sillas de plástico verde y un ventilador de techo absurdo que giraba lento. Hacía mucho frío y era casi medianoche.
-¿Nombre? -dijo la mujer flaquísima salida de la nada, detrás del mostrador.
Le dije mi nombre. Me preguntó la edad. Se la dije.
-Sentate, te llaman.
Obedecí. El silencio era distinto al de una guardia común: sin televisor, ni criaturas gritando, ni ese ruido de fondo que suele haber en todas partes, todo el tiempo. Solo el ventilador.
Al rato cruzó las puertas vaivén una médica; se aferraba a una carpeta negra, gigante, con los brazos cruzados encima del pecho como cargando una armadura.
-¿Qué te trae por acá? -me dijo.
-Me duele mucho una muela, al fondo, abajo.
Por toda respuesta hizo silencio. Miró a la otra médica parada cerca del mostrador que le devolvió un gesto intraducible.
A la media hora entró una pareja. Los dos flacos, los ojos muy abiertos, sosteniéndose por los antebrazos. Nadie les preguntó el nombre. Los hicieron pasar directo.
Después, la mujer mayor. Tapado de piel sintético, de los que le hacen pensar a uno en esas calles mortuorias del Once. Lloraba fuerte, con hipo, la cartera colgando de un solo hombro. Dos ayudantes jóvenes cruzaron las puertas vaivén como superhéroes y la agarraron cada una de un brazo, sin mirarla a la cara, como si transportaran algo conocido.
En algún momento de la caminata por la sala la vieja escupió al policía que estaba parado cerca de la puerta, custodiándola. Se limpió con el dorso de la mano y siguió mirando al frente. Ubicaron a la vieja en una camilla. En qué momento llegó la policía, pensé. No tenía importancia.
La misma médica de antes volvió a acercarse:
-¿Vos…sabés adónde estás ahora? -me dijo.
-Sí, por supuesto. Tengo mucho dolor. Pensé que podrían darme algo.
-Vos hablás… quiero decir, a ver, contame…
-Estoy en el Carrillo -dije-. La guardia odontológica.
Hizo un silencio, el chirrido del ventilador me pareció ahora más alto, pensé que podría estar funcionando de manera defectuosa.
-Estás en el hospital Moyano.
Me puse de pie, me acomodé la campera y caminé despacio a la puerta de vidrio. El cansancio borroneaba un poco los bordes de las cosas. El partido ya había terminado, en el viaje a casa puedo ver cómo salió, pensé. Me pareció escuchar a la vieja reirse. O toser. No podría asegurar.
Los quiere,
Victoria Ocampo
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