lunes, 12 de octubre de 2026

poema de amor si querés pero también un poema de un cafisho con su puta favorita

"pequeños robos a la luz de la luna".

Es un hermoso título de un libro de cuentos de lamberti. Amo ese título. Pero no viene de lamberti, sino de Nicanor Parra, de un poema largo llamado "la víbora".

Parra escribe este poema a mediados del siglo pasado enmarcado en un...¿movimiento?, la ANTIPOESÍA. Así como en el ´14 Miguel de Unamuno inventaba la "nivola" para definir su propia obra narrativa (en especial la novela Niebla, que lo tiene a Unamuno de personaje en un despelote bárbaro como son de despelotes los orígenes de las cosas, quiero decir, la gente que inventó las cosas, el modernismo en el caso de Unamuno, mientras estados unidos intervenía cuba gracias al hundimiento del acorazado Maine).

Antipoesía es un invento de Parra. La mayoría de los textos de su libro Poemas y antipoemas narran historias chiquitas llenas de vergüenza, insidiosas, brutales: la de un fraile que llega al cielo y quiere cortarle las pelotas a San Pedro, la de un profesor embrutecido, la de unas palomas hipócritas, la de unas tías mentirosas, la de una mujer despreciable que envuelve y explota al amante.
Me interesa este último. Porque sí, porque me encanta el poema, es bárbaro.
Pero tenemos que hablar de otras cosas.

El poema se llama "La víbora" y en principio se puede leer como una historia, contada por el hombre, de un sometimiento amoroso. Pero la operación es más compleja: Parra nos hace creer en una versión de los hechos que quizás no sea tal.

Y uno entra como un caballo, digamos, porque uno es un atolondrado.

En todo caso es un poema que habla acerca de la categoría de víctima en una relación conflictiva, y resulta que esta categoría es insuficiente: dado que el sujeto que habla es al mismo tiempo aquel del que se habla, hay un oscurecimiento de lo que se dice. Y en este punto se abre una dimensión inédita del antipoema: la existencia de dos historias, una construida sobre la mentira que oculta otra, la verdadera.

La víbora

Durante largos años estuve condenado a adorar a una mujer despreciable,

sacrificarme por ella, sufrir humillaciones y burlas sin cuento,

trabajar día y noche para alimentarla y vestirla,

llevar a cabo algunos delitos, cometer algunas faltas,

a la luz de la luna realizar pequeños robos,

falsificaciones de documentos comprometedores,

so pena de caer en descrédito ante sus ojos fascinantes.

en horas de comprensión solíamos concurrir a los parques

y retratarnos juntos manejando una lancha a motor,

o nos íbamos a un café danzante

donde nos entregábamos a un baile desenfrenado

que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada.

largos años viví prisionero del encanto de aquella mujer

que solía presentarse a mi oficina completamente desnuda

ejecutando las contorsiones más difíciles de imaginar

con el propósito de incorporar mi pobre alma a su órbita

y, sobre todo, para extorsionarme hasta el último centavo.

me prohibía estrictamente que me relacionase con mi familia.

mis amigos eran separados de mí mediante libelos infamantes

que la víbora hacía publicar en un diario de su propiedad.

apasionada hasta el delirio no me daba un instante de tregua,

exigiéndome perentoriamente que besara su boca

y que contestase sin dilación sus necias preguntas

varias de ellas referentes a la eternidad y a la vida futura

temas que producían en mí un lamentable estado de ánimo,

zumbidos de oídos, entrecortadas náuseas, desvanecimientos prematuros

que ella sabía aprovechar con ese espíritu práctico que la caracterizaba

para vestirse rápidamente sin pérdida de tiempo

y abandonar mi departamento dejándome con un palmo de narices.

Esta situación se prolongó por más de cinco años.

por temporadas vivíamos juntos en una pieza redonda

que pagábamos a medias en un barrio de lujo cerca del cementerio.

(algunas noches hubimos de interrumpir nuestra luna de miel

para hacer frente a las ratas que se colaban por la ventana).

llevaba la víbora un minucioso libro de cuentas

en el que anotaba hasta el más mínimo centavo que yo le pedía en préstamo;

no me permitía usar el cepillo de dientes que yo mismo le había regalado

y me acusaba de haber arruinado su juventud:

lanzando llamas por los ojos me emplazaba a comparecer ante el juez

y pagarle dentro de un plazo prudente parte de la deuda

pues ella necesitaba ese dinero para continuar sus estudios (...)

"Una flor de hija de puta" dice el lector en una primera sentada.

Pero el sujeto que habla, si reparamos en los detalles, está mintiendo o, digamos, falseando.

Sobre el poema, Parra: "Cuando entendí que la cosa iba por ese lado, que el antihéroe tenía perfecto derecho a existir, de la noche a la mañana escribí un poema como 'La víbora'".

Según esta lectura, la naturaleza antiheroica del tipo no proviene de su carácter de víctima, sino de su discurso manipulador y mentiroso, de decir una cosa por otra. Él no es un sujeto aplastado por los vicios del mundo moderno: se aprovecha de ellos. Y de ella.

(...) Entonces hube de salir a la calle y vivir de la caridad pública,

dormir en los bancos de las plazas,

donde fui encontrado muchas veces moribundo por la policía

entre las primeras hojas del otoño.

felizmente aquel estado de cosas no pasó más adelante,

porque cierta vez en que yo me encontraba en una plaza también

posando frente a una cámara fotográfica

unas deliciosas manos femeninas me vendaron de pronto la vista

mientras una voz amada para mí me preguntaba quién soy yo.

Tú eres mi amor, respondí con serenidad.

¡Ángel mío, dijo ella nerviosamente,

Permite que me siente en tus rodillas una vez más!

Entonces pude percatarme de que ella se presentaba ahora provista de un pequeño

............................ taparrabos.

Fue un encuentro memorable, aunque lleno de notas discordantes:

Me he comprado una parcela, no lejos del matadero, exclamó,

Allí pienso construir una especie de pirámide

En la que podamos pasar los últimos días de nuestra vida.

Ya he terminado mis estudios, me he recibido de abogada,

Dispongo de un buen capital;

Dediquémonos a un negocio productivo, los dos, amor mío, agregó,

lejos del mundo construyamos nuestro nido.

Basta de sandeces, repliqué, tus planes me inspiran desconfianza,

piensa que de un momento a otro mi verdadera mujer

puede dejarnos a todos en la miseria más espantosa.

mis hijos han crecido ya, el tiempo ha transcurrido,

me siento profundamente agotado, déjame reposar un instante,

tráeme un poco de agua, mujer,

consígueme algo de comer en alguna parte,

estoy muerto de hambre,

no puedo trabajar más para ti,

todo ha terminado entre nosotros.

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"¡Ángel mío, dijo ella nerviosamente,

Permite que me siente en tus rodillas una vez más!"

Jadis, si je me souviens bien, ma vie était un festin où s'ouvraient tous les coeurs, où tous les vins coulaient.

Un soir, j'ai assis la Beauté sur mes genoux. - Et je l'ai trouvée amère. - Et je l'ai injuriée.

(Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde todos los corazones se abrían, donde corrían todos los vinos. Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. -Y la encontré amarga.- Y la injurié).

Qué linda evocación a Rimbaud, con Una temporada en el infierno. Pero perdón, volvamos.

La crítica dijo que el sujeto que actúa, circula y habla en los antipoemas es una víctima de los males o los vicios del mundo. Pero no. Parra es mejor que eso.

Cuenta una historia falsa, "por arriba", pero deja en los intersticios detalles, que habilitan destruir el mito romántico de la víctima y acceder a la verdadera historia de explotación de la mujer (¿una prostituta? ¿un cafiolo?) que subyace "por abajo".

Transforma así una anécdota amorosa en un problema de lectura, de poder y de verdad. No solo nos pregunta qué ocurrió entre esos dos personajes.

Nos pregunta también por qué le creímos tan rápido a uno de ellos.

En fin.

Pueden prescindir de todo esto y, simplemente, leer el poema.

Yo recomiendo eso.


Los quiere:

Alejandra Pizarnik

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